domingo, 9 de agosto de 2009

El Exito sin Dios *primera parte*


El libre albedrío es un privilegio que se tiene en muy alta estima, y es, a la vez, una responsabilidad sobrecogedora. ¡Qué profunda es la idea de que Dios nos ha concedido la oportunidad de elegir nuestro carácter y nuestro destino!
Este es un concepto tan cargado y tan lleno, de principio a fin, con implicaciones acerca de Dios, del hombre y de la vida, que sería difícil hallar otra verdad que lo iguale. Cuando Dios nos creó, Él puso en nuestros corazones el poder de excluirlo para siempre de nuestras vidas, si esto es lo que deseamos. ¡Nos dio el derecho de decirle «no» a Él, el Soberano Dios, que es el Creador y el Monarca del universo!
El don de la libertad implica que Dios ha elegido hacerse vulnerable a los pensamientos, decisiones y caprichos del hombre. Él deseaba hijos, no maniquíes. Él desea que le adoremos porque esta es la elección amorosa que hemos hecho en relación con Él, un reconocimiento consciente de quién es Él, no porque nos vemos obligados a adorarlo en contra de nuestros deseos.
Dios eligió exponerse al riesgo de ser rechazado, con el fin de que podamos tener la oportunidad de servirle porque hemos decidido que es justo y bueno actuar de ese modo. A esta disposición de Dios de dotar al hombre de libre albedrío, se le puede considerar Su condescendencia divina. Dios nos dio una mente con la cual investigar, analizar y elegir lo excelente, lo justo y lo bueno. Para hacer posible que nosotros pudiéramos elegir lo bueno, tuvo que hacer posible que nosotros pudiéramos elegir lo malo. Él permitió la existencia del mal con el fin de que el hombre pudiera, de su propia voluntad, hacer que exista el bien.
El libre albedrío del hombre también ayuda a definir qué es el hombre, esto es, su naturaleza y su esencia. No es un robot, ni un animal sin sentido, sino un alma pensante hecha a imagen de Dios. Es un ser que puede pensar, amar y respetar; también es un ser que puede odiar, despreciar y rechazar.
La libertad del hombre no viene sin su precio, pues en última instancia él es responsable de sus pensamientos y acciones ante Aquel que lo creó. Dios asumió un riesgo al darnos esta libertad, pero nosotros también asumimos un riesgo al tenerla. Si elegimos rechazar a Dios y la verdad, tendremos que responder por las malas elecciones que hayamos hecho. El privilegio exige responsabilidad Dios sustenta a la humanidad aun cuando nos da la libertad de elegir. Si bien es un sustento que está delimitado por parámetros, el hombre puede hacer por un tiempo lo que le plazca, dentro de ellos. Podemos vivir llevados completamente por la energía de la carne, sin Dios, y en conflicto con Su voluntad, si así lo decidimos.
Podemos vivir, respirar y ser lo que somos dentro de la esfera de vida que Dios nos da. Aun cuando participamos de Su bondad en cada instante que vivimos, Dios no nos obliga a andar con Él.
Durante el tiempo que vivimos sobre la tierra, podemos elegir vivir sin Él, sin reconocer la ayuda adicional que Él brinda y viviendo solamente con la fuerza humana que recibimos de Él. Dios está activo en nuestra vida, está ansioso por mostrar Su poder a favor nuestro (2º Crónicas 16.9). Él anda con el justo para fortalecerlo y sustentarlo, pero aparta Su comunión del inicuo (Proverbios 28.9). Él lo entrega a la pura energía humana, o, como a veces decimos, al «brazo de la carne». En el corazón de cada persona hay un vacío que solamente Dios puede llenar, es un «hoyo que tiene la forma de Dios»; pero una persona puede elegir vivir sin jamás permitir que Dios llene ese vacío.
Dios da bendiciones especiales al obediente para darle aliento, fuerza y ánimo; pero un hombre puede elegir vivir sin jamás recibir estas bendiciones especiales que provienen de la mano de Dios y que constituyen indicación de Su gracia y de Su aprobación.
¿Cómo es en realidad la vida de una persona que vive sin Dios?
¿Qué logros llega a alcanzar?
Gracias a la libertad que Él nos ha dado, Dios ha permitido al hombre destacarse, hasta cierto punto, aun fuera del círculo de Su voluntad y de Su familia espiritual. Este permiso de vivir con cierto nivel de éxito, sin Él, es una demostración de la gracia y la bondad de Dios así como del alcance del libre albedrío que nos ha dado. Viene a mi mente Omri en 1 de Reyes 16:23-28 y él constituye una ilustración de lo que es una vida de logros, en la cual Dios no fue tomado en cuenta. Estamos hablando del sétimo rey de Israel, que reinó del 885 al 874 a. C., período en el que hubo cuatro o cinco años de reinado dividido y seis o siete años en que él fue el único rey. Él fue el fundador de la tercera dinastía, que duró tres generaciones y cuatro reyes. Era ciertamente el rey más capaz y más agresivo que hasta ese momento había tenido el reino del norte. Si hay algo especialmente evidente y que invita a reflexionar acerca de Omri, es que vivió su vida sin Dios.

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