sábado, 21 de agosto de 2010
jueves, 19 de agosto de 2010
lunes, 9 de agosto de 2010
UN MENSAJE A LA CONCIENCIA
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Un indígena oriundo de Centroamérica había hallado la paz en Dios. Había cambiado radicalmente, de una vida de depravación, borracheras e infidelidad, a una vida de verdadera satisfacción y paz. Siempre hablaba de su salvación y de lo que Jesucristo había hecho por él. No le importaba dónde estuviera ni quién estuviera viéndolo o escuchándolo. A todos les daba el testimonio de su conversión. Un día un amigo suyo le preguntó: —Churunel, ¿por qué hablas tanto de Cristo? Churunel no respondió de inmediato, sino que comenzó a recoger palitos y hojas secas que fue colocando uno sobre otro en un círculo. Entonces buscó hasta hallar un gusanito, y lo puso en el centro del círculo. Todavía sin decir palabra, encendió un fósforo y lo acercó a las hojas y a los palitos secos. El fuego dio la vuelta al combustible seco, y el gusanito atrapado comenzó a buscar locamente cómo salir, pero no podía. Por fin el fuego avanzó hacía el centro, y el calor se fue acercando al gusano. Éste, desesperado, levantó en alto la cabeza como para respirar, cuando menos, un poco de aire fresco. El gusanito sabía que su único refugio tendría que venir de arriba. Al verlo así, Churunel se inclinó y le extendió sus dedos. El gusano se asió de ellos y el indígena sacó el gusano de en medio del fuego. Fue hasta entonces que emitió su primera palabra. «Esto —explicó Churunel— es lo que Cristo hizo por mí. Yo estaba atrapado en los vicios del pecado, y no había esperanza de salida. Había tratado, por todos los medios posibles, de salvarme a mí mismo, pero me era imposible. »Entonces el Señor se inclinó hacia mí y me extendió su mano. Lo único que tuve que hacer fue asirme de Él. Cristo me sacó de esa prisión. Por eso no puedo dejar de contarles a todos lo que hizo por mí.» Lo cierto es que aquel indígena describió a la perfección lo que Cristo puede y quiere hacer por cada uno de nosotros. Sin Cristo estamos atrapados. Más vale que reconozcamos de una vez por todas que la vida real no respalda el argumento popular que dice: «El día que yo quiera dejar el vicio, puedo dejarlo.» De no ser por una ayuda que venga de arriba, moriremos en nuestros pecados. Cristo está cerca de nosotros y nos extiende la mano. Sólo tenemos que asirnos de ella. Churunel lo hizo y encontró paz. Así como él lo han hecho millones más, y han hallado la paz. ¿Por qué no hacerlo nosotros también? Cristo quiere rescatarnos y darnos su paz. | |||||||
UN MENSAJE A LA CONCIENCIA
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Enrique Leyer contempló con tristeza una escena que lo conmovió profundamente. Un gran camión de carga transportaba doce caballos que iban al matadero porque ya no servían para correr. A Enrique le llamó la atención uno de los caballos, y el dueño se lo vendió por unos treinta dólares. Aunque no le había costado mucho, Enrique comenzó a cuidar de su caballo con mucho esmero. Cuando le dio su primer baño, se dio cuenta de que el noble animal tenía pelo blanco y reluciente, así que decidió llamarlo «Nieve». Pero Enrique tenía un gran problema. No lograba mantener al caballo en el corral. Siempre se le escapaba saltando los cercos, hasta los más altos. Un día, Enrique llevó al caballo a un entrenador. Cuando el hombre lo vio saltar, reconoció que era un gran caballo, así que aceptó entrenarlo. A los pocos meses de preparación, fue tan sobresaliente la destreza de Nieve que comenzó a competir en concursos hípicos de salto. De ahí que se fuera incrementando su valor y que fuera vendido y comprado por diferentes dueños a los que les rindió cada vez más utilidad. ¡Con decir que la última cifra por la que se vendió aquel extraordinario animal fue cien mil dólares, el mismo caballo que había sido vendido inicialmente por sólo treinta dólares! Este curioso caso nos hace reflexionar sobre nuestro propio valor. ¿Qué vemos cuando nos imaginamos lo que pudiera ser nuestra vida sin Cristo como dueño? ¿Vemos a un pobre, decepcionado porque los demás lo tratan como si no valiera nada? ¿Vemos a un drogadicto o a un borracho, imbuidos en todo lo que ofrece el mundo? ¿Vemos a un ladrón que tiene que robar para alimentar su vicio? ¿Vemos a un infeliz a quien nadie quiere y que no es más que una vergüenza para la sociedad? Ese pudiera ser el caso nuestro. Gracias a Dios, lo que ha marcado la diferencia en muchos de nosotros es el haberle dado entrada a Cristo en nuestro corazón, permitiéndole que cambiara nuestra vida por completo. A raíz de esa trascendental decisión, las ambiciones que tenemos ahora, las tenemos porque Él nos las dio; la paz que tenemos en el corazón, la tenemos porque Él nos la dio; y el gozo y la satisfacción que hoy sentimos, los sentimos porque Él nos los dio. En fin, sabemos a ciencia cierta que sin Cristo en el corazón, fácilmente podríamos ser los más desdichados de todas las personas. Hagamos dueño de nuestra vida a Aquel que nos creó con la capacidad de saltar a la vista de todos. Él ya nos compró por el precio más alto posible: el de su propia sangre vertida para salvarnos de la muerte eterna. A sus ojos, tenemos un valor incalculable. | |||||||
UN MENSAJE A LA CONCIENCIA
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El primer día fue cuestión de chistes. La ciudad entera se rió del suceso. El segundo día siguieron los chistes, aunque menguaron. El tercer día y el cuarto el asunto comenzó a tomar otro cariz. Al sexto día los chistes dieron lugar al miedo. Y ya para el octavo día la situación era insoportable. La ciudad de Bilbao, España, sufría una huelga de basureros. Los recolectores de desperdicios no daban su brazo a torcer, y miles de toneladas de basura comenzaban a heder y a difundir gérmenes letales. Parecía que la ciudad se ahogaría antes que surgiera alguna solución. Pero al fin las diferencias se resolvieron y Bilbao quedó limpia y sana otra vez. Si hay una huelga que en verdad afecta una ciudad, es la huelga de recolectores de basura. Una huelga de choferes de autobuses paraliza por un tiempo la ciudad, pero no la asfixia. Si los obreros de una empresa de periódicos hacen huelga, no hay noticias, pero nadie se ahoga. En cambio, si los encargados de recoger los desperdicios se declaran en huelga, el resultado es desastroso. Recoger y quemar diariamente la basura es una labor imprescindible. Así mismo sucede con nuestra alma. Si está llena de basura, tarde o temprano nos destruirá. Lo peor del caso es que nuestra alma puede acostumbrarse a la inmundicia a tal grado que ni cuenta se da del mal que en ella hay. No nos damos cuenta, por ejemplo, del mal destructivo que produce la mentira. Hay personas que mienten con tanta facilidad que lo hacen aun cuando les es más provechoso decir la verdad. Por algo dice la Biblia que los mentirosos no entrarán en el reino de los cielos. ¿Y qué del adulterio? Manchar el matrimonio con el adulterio se ha hecho tan común que hay quien se extraña que eso se considere inmundicia. Pero por algo dice Dios que el adúltero tampoco entrará en el reino de los cielos. Son muchas las inmundicias que fácilmente dejamos entrar en nuestra vida. La lista es larga, y las manchas, negras. ¿Qué del desfalco? ¿Qué del odio? ¿Qué de la ofensa? ¿Qué de la avaricia? Todo eso es basura que ahoga nuestro bienestar. Ya es hora de que quememos esa basura. De otro modo nuestra vida entera tendrá un hedor tan fuerte que sólo otro sucio la podrá aguantar. La Biblia dice que la sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios, nos limpia de todo pecado (1 Juan 1:7). Sólo tenemos que aceptar su sacrificio y someternos a su señorío para ser limpios. Saquemos, pues, la basura de nuestra vida, y dejemos que entre y ocupe su lugar nuestro inmaculado Salvador. | |||||||
lunes, 2 de agosto de 2010
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